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miércoles, 5 de febrero de 2014

CALLE DE LA MUERTE...

En este caso no podemos hablar de LEYENDA, sino de HISTORIA, ya que todos los hechos y nombres que se citan, están conveniente e históricamente registrados y avalados por sus correspondientes documentos.
Antiguamente, como en gran parte de España, en Sevilla convivían tres grandes religiones: la cristiana, musulmana y la judía.
En Sevilla se alojó una importante colonia hebrea, especialmente desde la destrucción  del califato, en que muchas familias de Córdoba la eligieron como nuevo refugio a principios del siglo XI.
La primera judería se encontraba en el lado oeste de la ciudad en donde hoy se encuentra la iglesia de la Magdalena y San Lorenzo.
Esta judería desapareció para desplazarse al Barrio de Santa Cruz y, sobre todo, San Bartolomé, en donde permanecería hasta la expulsión de los últimos judíos por los Reyes Católicos.
Como en todos sitios, eran grandes comerciantes, dedicados también al préstamo del dinero. Esta razón, sumada a la diferencia de creencias religiosas, hacía que fuesen personas no queridas por los cristianos, que empezaron una campaña contra ellos.
La cosa ya venía de un siglo antes, cuando se produjo una gran matanza, con cerca de cuatro mil judíos muertos, en la que casi desaparecieron los judíos de Sevilla.
Como represalia, los judíos intentaban, mediante un complot, hacerse con el control de la ciudad. Para ello también buscaron el apoyo morisco.
El lugar elegido para la reunión fue la casa de Diego Susón, judío converso, cabecilla de la revuelta.
Este banquero vivía con su hija Susana Ben Susón, conocida en la ciudad como “la fermosa fembra” por razones obvias.
La judía recibía tantos halagos de sus vecinos que le hizo soñar con alcanzar un puesto en la vida social de la ciudad y comenzó a verse con un caballero cristiano, perteneciente a una de las más nobles familias de Sevilla.
Una noche, mientras esperaba en su casa que todos se acostasen para ir al encuentro de su amante, se enteró de la conspiración que tramaban los suyos con su padre a la cabeza, parte de la cual consistía en asesinar a los principales cargos públicos y caballeros de la ciudad.
Temiendo que le pasase algo a su amado, Susona acudió a él para advertirlo del peligro que corría y que así éste pudiese ponerse a salvo.
No se dio cuenta que con ello ponía en peligro a toda la colonia judía de Sevilla.
Su amante informó inmediatamente al asistente de la ciudad, don Diego de Merlo, quien ordenó detener a los cabecillas de la misma. Pocos días después fueron ahorcados en Tablada, donde se ejecutaba a los facinerosos, parricidas y peores criminales, cuyos cadáveres permanecían todo el año colgados, y una vez al año se recogían sus restos y se enterraban en el cementerio de ajusticiados en el Compás del Colegio de San Miguel frente a la Catedral.
La lista de ajusticiados fue la siguiente: Diego Susón; Pedro Fernández de Venedera, mayordomo de la Catedral; Juan Fernández de Albolasya, el Perfumado, letrado y alcalde de Justicia; Manuel Saulí; Bartolomé Torralba, los hermanos Adalde y hasta veinte ricos y poderosos mercaderes, banqueros y escribanos de Sevilla, Carmona y Utrera.
A partir de aquí termina la historia y empieza la leyenda, de la que existen dos versiones. Según una de ellas, al ser repudiada por su pretendiente y por los judíos, como causante de la muerte de su propia gente, y tras caer en la cuenta de su grave error, la Susona, desesperada, busca ayuda en la Catedral, donde el arcipreste Reginaldo de Toledo, obispo de Tiberíades, la bautiza y le da la absolución, aconsejándole que se retirase a hacer penitencia a un convento, como así lo hizo y permaneció allí varios años hasta tranquilizar su espíritu. Más tarde, volvió a su casa donde en lo sucesivo llevó una vida cristiana y ejemplar.
La otra versión es diametralmente opuesta: fruto de sus amores con un obispo tuvo dos hijos y, tras ser abandonada por éste, se hizo amante de un comerciante de la ciudad. 
A la muerte de la Susona y tras abrir su testamento, se encontró en él escrito:
“Y para que sirva de ejemplo a los jóvenes en testimonio de mi desdicha, mando que cuando haya muerto separen mi cabeza de mi cuerpo y la pongan sujeta en un clavo sobre la puerta de mi casa, y quede allí para siempre jamás”.
Se respetó su voluntad y, tras su muerte, y durante más de un siglo, hasta bien entrado el 1.600, permaneció la cabeza de ésta en dicho lugar en la conocida por este macabro motivo como calle de la Muerte.
Tiempo después se colocó un azulejo con una calavera y se cambió el nombre de la calle, por el de Susona, que todavía permanece.
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