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miércoles, 12 de septiembre de 2012

EL CAID DE SEVILLA...


El Caid Axataf
La postura pacífica, pasiva y despreocupada de Ben Anchad fue interpretada por la mayoría de los moros sevillanos como un claro signo de debilidad. El comandante en jefe del ejército de la capital hispalense era un fanático pero valeroso almohade llamado Abú Farís Al-Asad, más conocido como Axataf.

Éste se sintió tan enormemente decepcionado y disgustado por el comportamiento pro cristiano de Ben Anchad, que en un acto de cólera lo acuchilló y se hizo con el poder de la plaza designándose así mismo caid de Sevilla.
Esta acción fue apoyada por los faquíes, por gran parte de la oligarquía de la ciudad y por la totalidad de la población sevillana, que estaba alarmada ante los avances cristianos, y por ello no deseaba un gobierno débil. Además, el sultán almohade de Tánger otorgó su consentimiento a Axataf sabiendo que éste serviría a Sevilla mucho mejor de Ben Anchad ante el empuje cristiano. Nada más tomar el control de la plaza, el nuevo caid, lejos de comportarse de modo dictatorial, creó un gran consejo de expertos asesores que discutía los temas de estado y tomaba las decisiones de manera quasi-democrática, convirtiéndose así el gobierno hispalense en una especie de república.
Obviamente, una de las primeras decisiones por las que optaron Axataf y su consejo fue la de anular el tratado de paz con los castellanos, por lo que Fernando III no tendría pretextos en un futuro para evitar la conquista de Sevilla.
En 1230 comenzó el asedio de Jaén, pero viendo que no era posible asaltar la plaza sin tener que perder una gran cantidad de hombres, decidió abandonarlo para no castigar a sus tropas. En ese mismo año decidió intentar de nuevo el ataque a la misma ciudad con una nueva táctica, pero lo postergó porque le llegaron noticias de que su padre, Alfonso IX de León, había muerto, y Berenguela lo requería inmediatamente en el norte antes de que se nombrase un sucesor. El rey leones, en su siempre clara actitud contra Castilla no había nombrado como heredero a Fernando III, pese a ser éste el hijo varón de mayor edad, sino que había dejado escrito que sus sucesoras debían ser sus hijas Sancha y Dulce. 

No obstante, aquí nos encontramos de nuevo con la docta intervención de Berenguela, que al haber estado casada con Alfonso entre 1197 y 1204, había sido reina consorte de León y, siendo consciente de lo apropiada que sería la corona leonesa para su hijo y para Castilla, concibió un plan para ganársela. 
Tal vez, la reina madre sentía añoranza por trono de León, del cual el Papa Honorio III la había alejado al anular su matrimonio con Alfonso IX, alegando los lazos de consanguinidad que había entre los esposos. Así pues, Berenguela se reunió en Valencia de Don Juan (León) con la prudente Teresa de Portugal, primera esposa de Alfonso y madre de Sancha y Dulce. En el encuentro se las arregló para llegar a un acuerdo por el cual las infantas renunciarían al trono de León a favor de Fernando, y accederían a la anulación del testamento de su padre a cambio del cobro anual de 30.000 maravedíes y el gobierno y beneficios de unos señoríos que pasarían a Castilla al final de sus vidas. Esto se llamó el tratado de las Tercerías, por el cual Fernando III se convirtió también en rey de León en 1230, con el apoyo de toda Castilla, de la mayoría de la nobleza y ciudades leonesas, del clero y también del pueblo. 
Fernando, que estaba determinado a acrecentar aún más la potencia de los dominios que gobernaba, asumió con gran entusiasmo el agrandamiento de su país. Además, tanto los castellanos como los leoneses aceptaron con satisfacción la fusión de las dos coronas, pues eran sabedores de que aquella unión era beneficiosa para todos, pues así se evitarían posibles pugnas entre los dos reinos y se crearía una única monarquía castellanoleonesa, más próspera y más fuerte frente a posibles enemigos como los musulmanes. 

Por tanto, Castilla y León quedaron definitivamente unidas para no volver a separarse jamás, y todo gracias a la sagacidad de Berenguela de Castilla y a la determinación de Fernando. Una vez coronado rey de León, Fernando decidió realizar una sucesión de viajes por todas las ciudades importantes del nuevo reino, para que lo conociesen sus nuevos súbditos y para que éstos supiesen que el castellano sería para León tanto como para Castilla.
En 1231, una vez consolidada su soberanía sobre León, complacido de que sus dominios se hubiesen doblado en extensión y estuviesen en pleno auge económico, Fernando III volvió a plantearse otra serie de campañas contra los musulmanes. Para ello se encontró con el rey de Portugal con el fin que éste le prestase su apoyo y le enviase tropas de refresco a las empresas de conquista de Andalucía en caso de ser necesarias en un futuro y a cambio de dinero. Igualmente se entrevistó con embajadores aragoneses, cuyo rey también le ofreció su respaldo y sus ejércitos para las futuras campañas del sur. 

Así, en 1232, Fernando, reforzado y apoyado por todos los flancos, y más resuelto que nunca, se dirigió a Toledo para realizar los preparativos de su nueva ofensiva en Andalucía. 
No tardó en llegar hasta tierras jienenses, donde tomó la plaza de Úbeda (1233), de importancia crucial en la zona, y otras villas de menor categoría. 
Las ciudades conquistadas así como las vidas de sus habitantes y defensores eran siempre respetadas, dándoseles además la oportunidad de quedarse sometidos al nuevo poder o de marcharse con todos los bienes que pudiesen transportar; por esta constante misericordia y generosidad, Fernando se ganó la admiración y el respeto de amigos y enemigos. 
Entre 1233 y 1236, el rey estuvo yendo y viniendo de Andalucía a Castilla. En Andalucía continuó haciendo progresos auxiliado por órdenes militares a las que apoyaba firmemente, y que unas veces le acompañaban en sus operaciones y otras actuaban por sí solas, y en Castilla se ocupaba de los quehaceres internos del país. 
CONTINUARA...
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