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jueves, 8 de diciembre de 2011

MARIA ANTONIETA...


María Antonieta, la reina que perdió la cabeza
El de la reina María Antonieta resulta un caso singular: una mujer joven, casi una niña sin especiales cualidades ni aptitudes cuando comenzó su periplo versallesco, cuya inconsciencia la llevó a aparecer en poco tiempo en el epicentro del cataclismo histórico que inauguraría la contemporaneidad, la Revolución francesa. 
Desde muy niña y para desesperación de su madre, la emperatriz María Teresa de Austria, la joven siempre evitó cualquier tensión extrema del espíritu: rechazó el estudio, manifestó su repulsa por la lectura y cualquier reflexión profunda parecía suponerle un penoso trance, inclinándose hacia el placer. Con tan sólo catorce años, Antonia tuvo que cambiar los juegos infantiles junto a sus hermanos en los jardines del palacio vienés de Schönbrunn, por una envarada existencia totalmente regida por la etiqueta en la corte de Versalles: se había proyectado un enlace entre la joven archiduquesa y el delfín Luis Augusto, nieto de Luis XV de Francia, para afianzar la alianza entre dos casas con una larga trayectoria de hostilidades, la de los Habsburgo y la de los Borbones. El 21 de abril de 1770, tras renunciar oficialmente a sus derechos sobre el trono austriaco, y acompañada de un reducido séquito, Antonia partió hacia una de las islas del Rhin en el que se había construido un pabellón para la celebración de un peculiar acto de ‘entrega’. La joven Habsburgo hizo su entrada por las estancias, donde tuvo que desprenderse de todas sus ropas austriacas y de su corte; después, investida con los más elegantes ropajes franceses, se celebró una ceremonia en un amplio salón de modo que, al cruzar el umbral de las habitaciones la archiduquesa de Austria se había convertido en la delfina de Francia, e incluso el nombre por el que hasta entonces había sido conocida familiarmente, Antonia, pasó a ser María Antonieta.
En el bosque de Compiégne le esperaba un expectante Luis XV, y el delfín Luis Augusto, un torpe muchacho de dieciséis años. Es difícil pensar que María Antonieta viese entonces en su prometido a un verdadero marido y menos aún a un amante, pero no por ello perdió su sonrisa: razones tiene el Estado que el corazón no entiende. Tras la ceremonia nupcial, celebrada el 16 de mayo en Versalles, y el consiguiente festejo, llegó el momento decisivo en que los recién casados se quedaron a solas. . De lo que pasó aquella noche dio buena cuenta el joven desposado en su diario al día siguiente: ‘rien’ (nada); ni aquélla, ni la siguiente ni las sucesivas. Un mes después la situación no había variado y la preocupación de María Teresa iba en aumento, consciente de que la posición de su hija en la corte francesa seguiría siendo incierta mientras no ofreciera un heredero a la corona. Pasaban los años y el matrimonio seguía sin consumarse, cuando una inspección del médico de la corte desveló el misterio: Luis Augusto sufría de fimosis. El delfín parecía querer compensar su mermada virilidad con agotadoras cacerías, rudos trabajos de forja y su conocida afición a la cerrajería, lo que desató por Versalles voces maliciosas que no tardaron en salir de la corte y llegar al resto de las casas europeas, y que contribuyeron a forjar una personalidad insegura, incapaz de imponerse e incluso de manifestar su voluntad, mientras todo el poder recaía peligrosamente sobre su impetuosa e inexperta esposa. Es fácil imaginar lo humillante y frustrante que también debía resultar para María Antonieta el que, noche tras noche, su incipiente sexualidad fuera inútilmente excitada por los vanos esfuerzos de su marido, así que la joven se refugió en una disipada vida de continuas fiestas y salidas nocturnas para evadirse de su situación. Se rodeaba de gente joven y divertida que no le hacía reflexionar demasiado, cultivando profundas amistades femeninas que suscitaron rumores de oscuras relaciones. El atuendo y el adorno personal también pasaron a ser asuntos primordiales con los que distraerse, convirtiéndose en la ‘reina’ del Rococó y en el principal referente de la moda y los gustos del momento. Con todo este dispendio y la mala imagen que suscitaba, María Antonieta comenzó a afilar la cuchilla de la guillotina sin darse cuenta. 
Lejos del cambio que el pueblo anhelaba, con la muerte de Luis XV en 1774 se incrementaron aún más los gastos de la corte y el frenético ritmo de vida de María Antonieta; ahora era reina y ya no tenía por qué atenerse a los dictados de sus consejeros. La situación dio un inesperado giro tras la visita del hermano de la reina, José II, en 1777. Uno de sus principales objetivos era entablar una conversación con el monarca acerca del delicado asunto conyugal, consiguiendo que venciera su miedo al bisturí y que, tras siete largos años, el matrimonio fuera finalmente consumado. De esta unión nacieron tres hijos y la transformación de María Antonieta. Comenzó entonces a limitar sus gastos, a tomar conciencia de los errores del pasado y a interesarse vivamente por la situación del país, pero ya era tarde: Francia estaba en bancarrota. Si María Antonieta se hubiese parado a leer y reflexionar sobre la situación, quizá se habría percatado de que soplaban nuevas corrientes en la Historia que iban a marcar decisivamente su devenir, pero lo cierto es que entre el 17 de junio de 1789, fecha en la que los representantes del Tercer Estado y algunos miembros del clero se constituyeron en Asamblea Nacional, y el 14 de julio, día en el que cayó la Bastilla, ese odiado símbolo del despotismo, la reina siguió sin mostrar preocupación alguna. Cuando Luis XVI se vio obligado a transigir y jurar la Constitución en 1791, sus propios hermanos le acusaron de cobardía desde su exilio en Coblenza y se presentaron como los verdaderos defensores de la monarquía. Por su parte, el resto de las monarquías europeas ignoraron las solicitudes de ayuda de los reyes franceses y sólo evaluaron el modo de sacar partido a la caótica situación, precipitando su propia autodestrucción al condenar al mismo tiempo a María Antonieta y a su marido a una muerte segura.
El asalto de Versalles por un pueblo ebrio de sangre supuso el traslado de los reyes al palacio de las Tullerías, aunque tiempo después éste también sufrió un ataque similar y los monarcas fueron llevados al que sería su último lugar de reclusión, la torre del Temple. La revolución exigía sangre real con la que sellar el cambio, y el 21 de enero de 1793 Luis XVI fue guillotinado. María Antonieta quedó a la espera de su proceso judicial en una celda de la Consejería, activándose entonces un último resorte en su interior que la llevó a convertirse en una admirable, madura y reflexiva mujer que ya nada tenía que ver con aquella muchacha casquivana de otro tiempo, pero el pueblo, que en el fondo pensaba que el rey sólo había sido una marioneta en sus manos, también exigió su cabeza. El 16 de octubre de 1793 se le condujo por fin al patíbulo: subió al cadalso con unos elegantes zapatos de satén, único recuerdo de sus felices tiempos pasados, facilitó incluso su labor al verdugo y afrontó la muerte con sorprendente entereza. El peso de la Historia, tantas veces ignorado en sus años jóvenes, cayó entonces sobre su cabeza en forma de gigantesca cuchilla.
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