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martes, 8 de septiembre de 2009

LA GRAN ALMA

LA GRAN ALMA
PARTE III Y FIN
El-Amarna
Los atributos de la Gran Alma se pueden formular de una manera muy simple. Son inevitables y aunque a veces en el camino nos alejemos un tiempo de ellos la vida se encarga de hacerlos emerger en los momentos cruciales.
Son tres:
1. Asentimiento y servicio a la vida
2. Silencio
3. Alegría
LA ALEGRÍA
Sostener una mirada más amorosa y abierta a lo que es, aceptarlo y apreciarlo, nos permite conectarnos con un estado natural de contento.
Se trata de la simple alegría porque sí, sin motivo.
La felicidad porque sí.
Hay dos tipo de alegría, la alegría por algo y la alegría por nada.
La primera tiene que ver con el ganar, con lo que conseguimos y logramos.
Es maravillosa y nos expande.
La segunda en cambio, es la cosecha después de haber perdido, después de haber sufrido los tormentos del desprendimiento de lo que fue importante y la vida nos quitó.
Viene después de la aceptación del vacío y la conformidad que nos quedan al final de una pérdida. Es libre, risueña, espontánea, silenciosa o alborozada, y sobre todo contemplativa.
No nos expande sólo a nosotros, sino a los demás y a todo aquello que encuentra a su paso. Realza la belleza de los otros y de la vida.
San Agustín lo expresó de forma certera: “La felicidad consiste en el proceso de tomar con alegría lo que la vida nos da" (esta es la felicidad por algo, la de ganar, que nos expande) y soltar con la misma alegría lo que la vida nos quita (esta es a felicidad por nada y expande a la vida y a los demás; es una felicidad espiritual).
Por lo tanto la felicidad es el resultado de una ecuación que combina dos variables.
La primera consiste en empeñarse, a arriesgarse y apostar por la vida con todas nuestras fuerzas siguiendo la dirección de lo que nos mueve, de lo que nos importa.
Esta es la alegría de expandirse a través de los logros y las realizaciones.
La otra variable tiene que ver con nuestra capacidad para sintonizar y navegar con los propósitos de la vida, aunque no encajen con nuestros deseos personales.
Entonces le abrimos la puerta al invitado de honor que es la vida tal como actúa y se manifiesta y es.
Esta es la alegría de volver a ser desnudos como niños, con independencia de cómo nos va y de cómo son las cosas.
Pues en el trasfondo de todo yace una sonrisa inalterable, también en el trasfondo de cada uno, en el puro centro de nuestro pecho.
En definitiva, por un lado somos mamíferos y apegados, necesitamos el amor y los vínculos.
En este sentido estamos unidos en el Alma Gregaria.
Por otro lado pertenecemos a la Gran Alma, que nos abarca y nos trasciende.
En ella la alegría es natural, por nada; en ella todo está iluminado.
Incluso las penumbras resplandecen.
En la Gran Alma, el mamífero que somos encuentra refugio para su sufrimiento.
En ella la vida canta imperturbable sus alabanzas, incluso en medio del dolor, o a través del dolor. Somos mamíferos y somos iluminados, y ambas cosas al mismo tiempo.
Somos el cuerpo de la vida sometidos a sus vaivenes emocionales pero también somos la luz que fecunda a este cuerpo.
Somos el descenso vertiginoso, que a veces nos aterra, hacia el valle del morir, pero al mismo tiempo somos la nada luminosa que con la muerte reencontramos y que tal vez no hemos llegado a olvidar por completo.
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